Hay libros que leemos una vez y nos gustan. Hay otros que, sin saber muy bien por qué, se quedan dentro de nosotros. Y después están aquellos que volvemos a leer muchos años después y descubrimos que, en realidad, no somos nosotros quienes volvemos a leer el mismo libro: somos nosotros quienes hemos cambiado.
Eso es lo que me ha ocurrido con La princesa que creía en los cuentos de hadas, de Marcia Grad Powers.
La primera vez que lo leí en el año 2000, escribí en la portada algo que todavía hoy puedo reconocer como profundamente mío:
«Creo que es el libro que más me ha impactado de los que he leído que traten sobre conocimiento interno. Es ameno y tiene un fondo impresionante.»
Hoy, tantos años después, vuelvo a sus páginas y lo miro desde un lugar completamente diferente.
Y quizá eso sea precisamente lo más bonito de los libros.
Una princesa que buscaba su propio cuento de hadas
La protagonista de esta historia es Victoria, una princesa que crece bajo la educación estricta de sus padres, el rey y la reina. Desde pequeña aprende cómo debe comportarse, qué se espera de ella y cómo tiene que ser para cumplir con las expectativas que los demás han depositado sobre ella.
Victoria sueña con los cuentos de hadas y con encontrar algún día a su príncipe encantador.
Como tantas veces hacemos en la vida, deposita fuera de ella la posibilidad de ser feliz. Piensa que cuando llegue esa persona, cuando suceda aquello que tanto desea, cuando encuentre al príncipe adecuado, entonces llegará finalmente su felicidad.
Pero la realidad no tarda en demostrarle que los cuentos de hadas no funcionan exactamente como ella había imaginado.
El príncipe no es el hombre perfecto que esperaba y la vida junto a él tampoco resulta ser el «felices para siempre» que había soñado.
Es entonces cuando comienza su verdadero viaje.
Un viaje que la llevará a enfrentarse con sus propios miedos, sus creencias y todas aquellas ideas que ha ido aceptando sobre cómo debe ser una persona para poder ser querida y feliz.
Con la ayuda de un sabio búho, Victoria emprende el Camino de la Verdad, un recorrido que simboliza ese proceso de descubrir quiénes somos realmente cuando dejamos atrás las ilusiones, las expectativas y los personajes que hemos aprendido a interpretar.
¿Cuánto de Victoria hay en nosotros?
Eso es quizá lo que más me gusta de este libro.
Porque Victoria no es solamente una princesa de cuento.
Victoria somos nosotros.
Todos hemos recibido mensajes desde pequeños sobre cómo debemos ser.
Nuestros padres quieren lo mejor para nosotros, pero también tienen sus propios miedos, sus propias experiencias y sus propias ideas sobre lo que es correcto.
Y, sin darnos cuenta, muchas veces hacemos lo mismo con nuestros hijos.
Queremos protegerlos, enseñarles, evitarles sufrimientos y ayudarles a encontrar el camino correcto. Pero, en ocasiones, terminamos intentando hacer que sean como nosotros creemos que deben ser.
Les imponemos nuestros mandatos. Les transmitimos nuestros miedos. Les decimos qué deben estudiar, cómo deben comportarse, qué está bien y qué está mal, qué esperamos de ellos y, muchas veces, incluso qué deberían sentir.
Vamos moldeándolos con la mejor de las intenciones.
Pero ¿hasta qué punto les estamos permitiendo ser ellos mismos?
Esta pregunta me parece una de las grandes enseñanzas que deja este libro.
El personaje que aprendemos a interpretar
A medida que crecemos vamos aprendiendo a adaptarnos. Descubrimos qué cosas gustan a los demás y cuáles no. Aprendemos cuándo debemos callar, cuándo debemos sonreír, qué debemos hacer para que nos acepten y qué partes de nosotros es mejor esconder.
Y poco a poco podemos llegar a convertirnos en aquello que los demás esperan de nosotros.
Hasta que un día nos preguntamos:
¿Quién soy realmente?
No quién quieren que sea, no quién debería ser, no quién he aprendido a aparentar, sino quién soy cuando dejo de intentar agradar, cumplir expectativas y responder a las necesidades de los demás.
Ese es, para mí, el verdadero camino de la protagonista.
Y también puede ser el nuestro.
La felicidad no está donde pensábamos
Quizá una de las grandes lecciones del libro sea comprender que nadie puede venir a salvarnos.
Durante mucho tiempo podemos pensar que nuestra felicidad depende de encontrar a la persona adecuada, tener aquello que deseamos, conseguir reconocimiento o alcanzar determinadas metas.
Pero tarde o temprano descubrimos que ninguna de esas cosas puede hacer por nosotros el trabajo de conocernos.
La felicidad no puede depender completamente de otra persona. Y tampoco podemos cambiar a los demás para conseguir sentirnos bien.
El verdadero cambio comienza cuando dirigimos la mirada hacia dentro. Cuando dejamos de preguntarnos únicamente qué hacen los demás y empezamos a preguntarnos:
¿Qué puedo hacer yo con lo que estoy viviendo?
Mi primera lectura, en el año 2000
Cuando leí este libro por primera vez, me impactó profundamente.
En aquel momento ya estaba interesada en el conocimiento interior y en todo aquello que pudiera ayudarme a comprenderme mejor.
Escribí entonces que me parecía un libro ameno, pero con un fondo impresionante.
Y sigo pensando lo mismo.
Lo que no podía imaginar entonces era cuánto iba a cambiar yo desde aquella primera lectura.
Porque una cosa es comprender intelectualmente que necesitamos conocernos.
Y otra muy diferente es vivir las experiencias que nos obligan a hacerlo.
Volver a leerlo muchos años después
Ahora he vuelto a leerlo desde otro lugar.
Y esta segunda lectura me ha permitido observar algo que me parece todavía más interesante que el propio argumento del libro.
He podido verme a mí misma.
Puedo reconocer a la persona que fui y compararla con la persona que soy ahora.
No porque crea que haya llegado a ninguna meta definitiva —creo que ese camino no termina nunca—, sino porque las experiencias de todos estos años me han ido enseñando.
He cometido errores. He tomado decisiones equivocadas. He tenido que enfrentarme a situaciones que no esperaba. He conocido el dolor, las decepciones, las pérdidas y también momentos maravillosos.
Y cada una de esas experiencias me ha obligado, de una manera u otra, a mirar hacia dentro, a preguntarme:
- ¿Quién soy?
- ¿Qué quiero?
- ¿Qué necesito cambiar?
- ¿Qué cosas sigo arrastrando?
- ¿Qué cosas ya puedo dejar atrás?
El verdadero conocimiento interior
Con los años he comprendido que conocerse a uno mismo no es una tarea sencilla.
No consiste solamente en leer libros de crecimiento personal, espiritualidad o autoconocimiento.
Los libros pueden mostrarnos caminos, hacernos preguntas y abrir puertas.
Pero después tenemos que recorrer nosotros mismos el camino.
La vida es la que termina poniendo a prueba aquello que creemos haber aprendido.
Y es ahí donde realmente evolucionamos.
Por eso, al volver ahora a La princesa que creía en los cuentos de hadas, siento que el libro también me ha servido como un espejo.
Me permite mirar hacia atrás y reconocer cuánto he cambiado, cuánto he aprendido y también cuánto me queda todavía por aprender.
No se trata de ser perfecta
Quizá otra de las cosas que he aprendido durante estos años es que evolucionar no significa convertirse en una persona perfecta.
Significa ser más consciente. Reconocer nuestros errores. Aprender de ellos. Pedir perdón cuando sea necesario. Dejar de culpar constantemente a los demás. Aceptar aquello que no podemos cambiar y trabajar sobre aquello que sí está en nuestras manos transformar.
Para mí, el crecimiento personal ha sido precisamente eso: un trabajo lento, muchas veces difícil, pero profundamente enriquecedor.
Y cuando miro hacia atrás, puedo decir que, a base de experiencias y mucho trabajo interior, he ido mejorando mi vida.
No porque todo sea perfecto.
Sino porque ahora comprendo muchas cosas que antes no comprendía.
Quizá nuestro propio cuento de hadas sea encontrarnos
Creo que todos tenemos, en mayor o menor medida, nuestro propio cuento de hadas.
Todos soñamos con algo. Todos esperamos que determinadas cosas nos hagan felices. Todos tenemos expectativas sobre el amor, la familia, el éxito, la vida y sobre nosotros mismos.
Pero quizá el verdadero cuento de hadas no consista en que aparezca un príncipe que nos rescate.
Quizá consista en algo mucho más profundo:
en encontrarnos a nosotros mismos.
En descubrir quiénes somos debajo de todas las capas que hemos ido acumulando. En recuperar aquella parte de nosotros que dejamos escondida para poder encajar. En aprender a querernos sin necesidad de ser perfectos.
En comprender que nuestra vida no tiene que parecerse a la vida que otros imaginaron para nosotros.
Y en atrevernos, finalmente, a escribir nuestro propio cuento.
Una lectura que vuelve a mí
Cuando leí este libro por primera vez, en el año 2000, no podía saber todo lo que la vida me iba a enseñar después.
Hoy puedo volver a sus páginas y encontrar nuevos significados.
Quizá el libro no haya cambiado tanto.
La que ha cambiado soy yo.
Y esa es una de las maravillas de volver a leer.
Un mismo libro puede hablarnos de manera diferente dependiendo del momento de nuestra vida en el que lo encontremos.
Por eso creo que hay libros que merece la pena guardar. No solamente en una estantería. También dentro de nosotros.
Porque algún día podemos volver a ellos y descubrir que aquellas palabras que un día nos hicieron pensar ahora nos ayudan a comprender nuestra propia historia.
Y tal vez ese sea uno de los regalos más grandes que puede hacernos un libro.
Un abrazo desde el corazón.
